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Domingo, 06 de mayo de 2007


Tunick en el Zócalo de la Ciudad de México

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Sunday, May 6, 2007

Cuando desperté a las cuatro de la mañana del domingo, estaba un poco indecisa por el sueño y el frío de la hora. Teníamos nuestra ropa preparada, nos alistamos y abordamos el auto. Pensé que llegaríamos muy rápido porque seguramente a esa hora de la mañana no habría tráfico pero mi sorpresa fue grande al llegar a la altura de la colonia Obrera, se empezó a poner muy denso el tráfico por todos los nudistas motorizados que íbamos al mismo lugar.




Por Eje Central, en los altos, la gente de entre los coches nos mirábamos escudriñando qué clase de persona era esa otra que como nosotros, nos dirigíamos hacia el acto nudista. Antros populares como el Balalaika, la cantina La Gran Avenida y el Azteca Mens Club, estaban abiertos y en toda su efervescencia. Las prostitutas y travestis miraban el río de autos, tal vez preguntándose con extrañeza por qué no les solicitaban sus servicios.

Yo estaba nerviosa por la potencial fobia que me podía provocar la gran multitud. Tras tomar un ansiolítico, preguntamos a un policía de los que formaron parte del operativo de seguridad, dónde podíamos estacionarnos. Indicó que estaba todo lleno y que sólo del otro lado del Eje Central era posible hacerlo,. Por un espacio que se abrió, pude maniobrar desde el primer carril hasta el otro extremo de la calle y encontrar lugar justo en la esquina del Eje Central y el metro San Juan de Letrán.

Bajamos y con calma nos dirigimos al zócalo. Sin embargo, ya mucha gente corría por la avenida, temerosa de no llegar a tiempo. Rigurosa en acatar las instrucciones del correo de los organizadores de la Unam, no llevaba nada de valor,–excepto mi cuerpo– y desde luego, tampoco reloj, por lo que calculo que debí estar formándome en la fila de acceso alrededor de las 4:45 horas. Mi acompañante y yo llevábamos nuestro registro lleno y por eso nos sorprendió ver la cola que serpenteaba entre las calles que daban acceso al zócalo. Todos quienes la formábamos, estábamos registrados, y sin embargo, aunque la fila avanzaba, tardamos alrededor de una hora más para finalmente acceder al zócalo.

En las filas, la gente nos mirábamos con curiosidad, tratando de entender quiénes eran aquéllos que estába ahí, como nosotras, formadas, bromeando para encarar el nerviosismo. Era una espera divertida, algunos deambulaban entre la fila, como paseándose. El Seven eleven hacía su agosto, vendiendo café y toda clase de chucherías para ocupar el estómago.

Era de noche todavía y ya se respiraba un ambiente festivo. Frente a nosotras un individuo solo, delgado y bajito, de aspecto humilde, y de unos 40 años, hacia cola disciplinadamante. Atrás nuestro, una pareja al parecer de amigos, conversaba sobre lo que observaban y de sus impresiones. Al doblar una esquina, mientras un hombre se acercaba para obsequiarnos una pulsera que promovía grupos de reunión nudista, otra pareja de jóvenes trató de colarse delante de nosotras. Impedimos que eso ocurriera y se fueron retirando hacia atrás tratando de encontrar un resquicio.

Vendedores ambulantes ofrecían golosinas y cigarros. Más adelante, hizo su aparición un joven caminando lentamente, totalmente desnudo, bromeando y expresando su impaciencia por entrar al zócalo.

Pocos metros antes de llegar al retén policiaco, la fila empezó a avanzar más rápido, y los organizadores nos apremiaban, pidiendo a gritos tener en la mano la hoja de registro y que avanzáramos con rapidez. Previamente, mi acompañante y yo habíamos acordado mantenernos en la periferia del grupo para estar en condiciones de escapar en caso de que las condiciones se salieran de control.

Nos ubicamos frente al Portal de Mercaderes. Ya para entonces había bastante gente, animosos, cantábamos, bromeabamos, algunos simplemente observaban. Recargadas en un poste, nosotras esperábamos observando cómo todavía entraba más y más gente: una señora de alrededor de sesenta años con las que parecían ser sus dos hijas treintañeras, hombres con cuerpo de gimnasio, jóvenes embarazadas, parejas gays, parejas heterosexuales adultas, jóvenes, mayores, grupos de amigos, individuos de todas las edades, complexiones y colores de tez. De indumentarias deportivas, caras, otras más bien modestas, algunos prácticos recordaban el estereotipo del exhibicionista que sólo porta un abrigo. Otro más sólo pantuflas y bata. La gran mayoría de jeans o pants, listos para que el despojo fuera rápido.

Seguíamos observándonos, pensando que con todos ellos, estábamos a punto de compartir un momento de absoluta intimidad. Las miradas eran a los ojos, creo que todos teníamos algo de nerviosismo y una manera de contrarrestarlo era haciendo bromas. No sé exactamente a qué hora, el único indicio era la incipiente luz del sol, que empezaba a asomar tímidamente, cada vez más. Los cantos me recordaban la euforia previa a un concierto de rock.

De repente, el sonido reprodujo la voz de Spencer. Asistido por una traductora, se dirigía a nosotros, explicando que la nuestra era una carrera contra el tiempo, que la luz estaba por salir, que apartir de ese momento, tratáramos de tener paciencia y colaboración para hacer las cosas rápido: “Cada uno debe ocupar el centro de cada loza de la plancha. Si no sabes qué hacer, sigue lo que hace el de enfrente”. La gente respondía con gritos eufóricos. Tunick estaba muy emocionado y agradecido.

A la indicación de: “…3, 2, 1: México naked!”, un alarido colectivo de júbilo precedió al acto de despojo de ropa más rápido de mi vida. El pudor no existía, sólo un gran goce, volver a ser niños caminando o corriendo desnudos a habitar la explanada que era toda nuestra, hermosa, histórica, limpia. La noche anterior había sido desinfectada con cloro, por lo que la humedad del piso nos hizo toparnos de frente con el frío. La plaza lucía como nunca la había visto, con la pálida luz matinal que nos acariciaba. Los cuerpos temblando por el frío y por la emoción.

Sin proponérmelo, había quedado en primera fila frente a un hotel aledaño al Majestic. Las cámaras de foto fija y de video, los gorros altos de los chefs, los meseros perfectamente uniformados y los huéspedes de los hoteles, todos sin excepción nos miraban arrobados, sonrientes, sin moverse un centímetro de su lugar. Eufórico, un huesped apareció desnudo saltando y saludando a todos desde el ventanal: no pudo sustraesrse a ese acto de júbilo colectivo.

Miembros del staff supervisaban que nuestras posturas fueran las previstas. A mi derecha, un invidente de alrededor de cincuenta años, con su bastón, era comedidamente asistido por un joven punketo, de cuerpo escuálido y típico peinado de picos. El primero le decía: “Sí amigo, mira del oído izquierdo estoy un poco sordo, pero del derecho oigo perfectamente, tú me dices cómo y yo lo hago”. Al quejarme en voz alta por el frío, él repetía como para programarnos mentalmente: “No hace frío, no hace frío, no hace frío” Su comentario me conmovió y me dio ánimos.

A mi izquierda un robusto moreno de unos 30 años bromeaba. Curiosamente, entre todos, nos observábamos, con un respeto mutuo que daba orgullo. Iniciamos las posturas acordadas previamente, primero la posición A, indicada por una gran manta desde un balcón del Majestic. Luego la primera improvisación, con el saludo a la bandera. Desde mi lugar se escuchaban los interminables click de las cámaras. Entre los breves descansos me abrazaba a mí misma como si pudiera atenuar el frío que latigueaba.

Segunda toma, la posición B, recostados sobre la espalda, primero con la cabeza hacia Palacio Nacional, después, –cambio de parecer de Tunick–, con la cabeza hacia el asta bandera. En mi interior, imaginaba una hermosa y gigantesca flor cuyo máximo punto de tensión residía en el centro de la plancha. Hermosa composición, pensaba. Arqueé la espalda para no recargarla en el piso, por temor a una pulmonía. Un momento de gran paz: el cielo gris, el silencio de la muchedumbre era total, impactante, unas pequeñas aves planeando el cielo transmitiéndonos su quietud.

La última toma que estaba descrita en el brief, la posición fetal, inició. Es en este momento cuando tomo verdadera conciencia de la inmensidad de la mancha humana. Al girar hacia Catedral, mis ojos no daban crédito, al observar ese gran tapete que contrastaba con la grisura de la plancha. Al fondo, el Palacio Nacional era el marco perfecto para mi visión, mi goce estético, mi propia composición personal.

Cuando la disciplina venció el arrobamiento, adopté la postura indicada. Allí, en ese lugar lleno de historia y de historias, me decanté en personaje precolombino, haciendo un ritual religioso triplemente sincrético, azteca/hispano/posmoderno, conciente de mi pertenecia a un pueblo caracterizado por la fe. “Siento un aire polaco”, la broma del gordito de mi izquierda, ahora atrás de mí, hizo que rompiéramos en carcajada, mirándonos mi nuevo compañero de la derecha y yo, la sonrisa plena, con una complicidad que parecía de toda la vida. Al término de esta toma, para mí fue suficiente. El frío era demasiado y la emoción gratamente satisfactoria.

Abandoné el lugar donde ya me esperaban con mi ropa y un café caliente. Con el pretexto de pedir un cigarro a una de las asistentes de Tunick, me acerqué muy cerca de su grúa, observando cómo trabajaba. La gente ya se había movido en un gran río hacia 20 de noviembre, yo tenía casi la misma vista que Tunick. Observé cómo la gente caminaba con el puño en alto, después, a solicitud de Spencer se abrazaron con camaredería, con compañerismo y respeto. Una perspectiva conmovedora.

Tras unos minutos y la insistencia de los organizadores de que no podíamos permanecer allí, me retiré escuchando que Tunick se despedía y agradecía a los hombres, que ahora iba a trabajar sólo con las mujeres. Nosotras decidimos irnos antes de que el tráfico se congestionara de nuevo. Mi percepción es que Tunick no cabía de gusto y emoción, nuestra calidez lo desarmó. Y eso le hizo cometer un error de cálculo logístico.

El simbolismo que encierra para mi la experiencia es, a nivel personal de autoaceptación, valor y orgullo por atreverme. A nivel colectivo un gran privilegio de pertenecer a este país y particularmente a esta ciudad. Sentido de pertenencia a este grupo de locos que nos atrevimos e hicimos historia. Ser parte de una gigantesca obra de arte en la que nos convertirmos en conjunto con la arquitectura del paisaje, pero sobre todo, haber sido partícipe de un acto involuntariamente político pero apartidista de los ciudadanos que no queremos el retroceso en las forma de pensamiento en pleno siglo XXI. Ser congruente con la forma de pensar y con los actos. El acto lejos de tener una connotación erótica, fue de carácter libertario. Así me sentí, libre, congruente y feliz.

Estas son fotos publicados en los diarios del país:















Escrito por Greta Sánchez Muñoz El 05/06 a las 08:24
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Ya voy a recoger mi foto!


Comentario de greta el el 11/09 a las 07:33

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